Esta salió mejor que una joda (más allá del saldo...), aunque fue sin intención.
Yo tenía catorce años y hacía changas en un tallercito que había cerca de mi casa. El mecánico reparaba hasta preservativos usados (hacía los ajustes de motor él mismo, a rasqueta, y armaba en su taller; de la vieja escuela... un capo), y el cuñado lo ayudaba (el cuñado tenía la habilidad de hacer una cagada tras otra y caer bien parado en todas, además de empomarle la hermana al jefe

).
Había una empresa de asfalto que le llevaba los camiones a reparar, y por entonces cayó un Chevrolet 4400 (parecido al Vicking, pero sin doble faro delantero a cada lado). El pobre mionca no daba más, y se le había roto el varillaje del acelerador.
Carlos (el mecánico) se puso del lado del vano motor, parado en el paragolpe e inclinado hacia adentro, como un pajarito que limpia los dientes a un cocodrilo... y el Toto (el cuñado, más sucio que una papa), se encaramó en el asiento, pero de espaldas sobre la base y con las patas hacia arriba, pa' ver abajo del torpedo y poder sostener la varilla de adentro. Como no veía bien, ahí entré yo al equipo, echado de panza en el piso de la cabina con la portátil alumbrabdo el campo de operación del Toto.
La cosa se complicaba, porque la varilla no encajaba bien, y desde el vano motor, Carlos se empezó a calentar y lo apuraba al Toto para terminar el laburo pronto. Toto que no alcanzaba a ver bien, se fue deslizando hacia abajo por el asiento, hasta que lo que de él quedaba en el aire pesó más que lo que había apoyado, y el Toto se empezó a desbarrancar, boca arriba y cabeza abajo...
Por acto reflejo, se manoteó de algo para no machucarse la crisma contra el piso. La desgracia quiso que se manoteara del pulsador de la bocina, que andaba como los dioses, y sonaba como la de un tren... sentimos el estruendo en el vano motor, y luego un silencio total y angustiante.
El Toto se levantó como pudo, haciendo sonar la bocina dos o tres veces más (al parecer, no tenía otra cosa de la que agarrarse pa´salir del nido). Yo salí para atrás, y al llegar al frente del Chivo, me pareció ver un lagarto comiéndose un sapo por la cabeza: sólo colgaban las patas de Carlos hacia afuera del camión, que pareía haber cerrado la boca para morfarse al mecánico. En la espantada, Carlos se incorporó por acto reflejo, cabeceando violentamente la parte interior del pesado capó, que se destrabó y se cerró sobre él, ya desmayado a esa altura del acontecimiento, y con un flor de tajo en el coco.
Lo sacamos como pudimos, y lo cargamos en la caja de la F 100 para llevarlo a la sala de primeros auxilios. al llegar había abierto los ojos, pero decía que lo había agarrado una patota... después se recuperó, mientras le cosían el balero. El varillaje quedó para el día siguiente, pero me mandó adentro de la cabina a mí. Recuerdo que decidí que si me caía, me rompía la cabeza yo... pero no me agarraba de ningún lado.
Cosa curiosa: a ninguno de nosotros se nos ocurrió desconectar la batería.
Hubo tres grandes que no se lo creyeron, fueron auténticos y sin máscara; no hicieron misterio de lo que sabían, y murieron de manera absurda, la flor de la vida, y aún les quedaba lo mejor para dar:
Luis Di Palma.
Alberto Olmedo.
Pappo.